"Construye el mundo que quieres desde ti"

El síndrome del impostor y el pesimismo defensivo


Carreras brillantes, logros académicos, profesionalidad más que reconocida... y sin embargo siempre piensan que no están a la altura, que no son lo suficientemente buenos, que no merecen lo que han conseguido, que, en definitiva, son un fraude.

La existencia de estas bajas expectativas y las excesivas dudas sobre sí mismas frente al afrontamiento de tareas en personas con un elevado historial de éxitos es mucho más común de lo que pensamos; este hecho ha llamado la atención de los investigadores en los últimos años logrando identificar en sus estudios dos patrones de comportamiento concretos y que autores como E. Fernández y J. Bermúdez relacionan entre sí:

- El Síndrome del Impostor (Clance, 1985) Se caracteriza porque la persona que lo sufre tiene un intenso sentimiento de falsedad o de falta de autenticidad respecto a su imagen y sus logros. Tienen excesivas dudas respecto a sus habilidades y competencias, creen que los demás los sobreestiman y se preocupan por el hecho de que sean descubiertos en su mediocridad, lo que les lleva a una continua autoobservación protectora, es decir que hacen todo lo posible para evitar que los demás (a los que considera mejores y más brillantes) descubran sus escasas habilidades, inteligencia, etc.
No consideran ser merecedores de sus logros y éxitos ante los que se sienten como unos farsantes, de manera que los consideran como algo relativo a la suerte, a las circunstancias externas, al apoyo de los demás o al excesivo trabajo y no a su propio talento o inteligencia, mientras que el fracaso sí se lo atribuyen a ellos mismos.

Igual que el historial de éxitos repetidos no cambia esta percepción de sí mismos como impostores, sus expectativas negativas no acaban convirtiéndose en profecías autocumplidas ni disminuyen sus esfuerzos a la hora de abordar las tareas, sino más bien al contrario, lo que hace que se impongan objetivos y metas cada vez más elevadas, a veces, casi imposibles de alcanzar. En ocasiones sucede que esta autoexigencia mezclada con el sentimiento de no estar a la altura hace que se posterguen hasta última hora las tareas a realizar con lo que aumentan los niveles de estrés en la persona y su rendimiento decae por debajo de su verdadero potencial. 

- El Pesimismo Defensivo (Norem y Cantor, 1986). Se da cuando la persona tiene unas bajas expectativas de logro ante una situación o tarea que debe afrontar pese a su historial pasado de éxitos. Sufren una elevada ansiedad, a veces sensación de pérdida de control, y focalizan toda su atención en las dificultades y resultados negativos que pueden presentarse por muy improbables que estos sean. La percepción del posible fracaso hace que estas personas canalicen su ansiedad y preocupación hacia el aprendizaje, la planificación y una mejor gestión del tiempo con lo que obtienen un elevado rendimiento en las tareas.

En comparación con las personas optimistas (anticipan resultados positivos y se esfuerzan por lograrlos), los pesimistas defensivos presentan mayores niveles de ansiedad, estrés e insatisfacción vital, pero en menor grado que los llamados pesimistas puros, que sí suelen desistir de sus esfuerzos y terminan por abandonar las tareas.

Tanto el Pesimismo defensivo como el Síndrome del Impostor se relaciona con:
- Elevados niveles de ansiedad y estrés.
- Falta de confianza en sí mismo.
- Baja autoestima.
- Elevada frustración. 
- Sentimientos de incontrolabilidad de los resultados. 
- Bajas expectativas de logro.
- Miedo al fracaso.

A la luz de las investigaciones, la diferencia fundamental entre ambos sería que el Síndrome del Impostor muestra un comportamiento más desadaptativo y afecta más a la calidad de vida de la persona que lo sufre que el Pesimismo Defensivo. 


¿Te identificas con alguno de estos patrones de comportamiento? Cuéntamelo, puedo ayudarte a que lo superes en liberapsi@gmail.com


Actividad y Acción



Es habitual escuchar que alguien es muy activo, que se mueve mucho, que hace mucho; vosotros mismos en más de una ocasión seguro que habéis pasado todo el día corriendo, haciendo mil cosas y al acabar la jornada estáis agotados, faltos de energía, con la sensación de no tener control sobre vuestro tiempo y con la impresión de que no habéis hecho nada de provecho en realidad. ¿Realmente ese movimiento desaforado es indicativo de productividad y progreso?

La mayoría de las veces confundimos actividad con acción, parecen conceptos sinónimos pero el fondo que subyace es distinto.

La actividad es reproducción de lo ya hecho o ya sabido; es reactiva, es decir, implica una reacción a determinadas tareas o exigencias que se nos van presentando a lo largo de la jornada (contestar emails, realizar llamadas telefónicas, hacer recados...) y como tal supone que no existe libertad o decisión propia a la hora de llevarla a cabo. No es un trabajo demasiado significativo en cuanto que no hay un progreso de nuestros objetivos vitales, sino más bien un cumplimiento de lo que viene establecido desde fuera de nosotros, la identificación con lo que se espera de cada uno, con el personaje y sus propios conflictos.

Por el contrario, la acción es creación. Supone un pensamiento previo, un periodo de contemplación, reflexión y desenmascaramiento, un separar lo esencial de lo superfluo, en pos de lograr la acción verdadera que nos lleva al avance y cumplimiento de un proyecto propio. Implica un despertar de la persona en busca de su realización con lo que es un acto trascendente, no un mero trámite.

Un ejercicio interesante para saber qué tareas pertenecen al ámbito de la acción y cuáles al ámbito de la actividad es la de analizar las tareas diarias y separarlas en dos columnas, de manera que podamos planificar el tiempo que invertimos en cada una de ellas para que nos permita tanto realizar las tareas impuestas como progresar en nuestras metas personales.

Si quieres contarme tus impresiones sobre esta o cualquier otra cuestión, o necesitas mi ayuda estoy en liberapsi@gmail.com. 




(A partir de la "acción esencial" de María Zambrano; con toda mi admiración a su persona y su obra que impregna mi propio pensamiento)

Lo que se espera de mí



"Me gustaría poder hacer, decir, cambiar... pero si lo hago decepcionaré a todo el mundo porque no es lo que se espera de mí"... cada vez que escucho a alguien pronunciar estas palabras veo unos ojos sin brillo, un rostro triste, una postura corporal que muestra derrota.

Muchas personas sienten que si tratan de hacer lo que quieren y necesitan para sí mismas, los demás dejarán de mostrarle su aprecio o no confiarán más en ellas, con lo que siguen día tras día hipotecando su vida por mantener una imagen con la que los demás se sientan a gusto, pero mantener esta imagen, conlleva la reducción de la vida creativa y fértil, destruye las oportunidades de desarrollo, la pérdida de la propia luz, la pasión y la alegría que podría movernos a lograr lo que de verdad queremos, hasta que, finalmente, nos diluimos en el silencio y desaparecemos.

Es frecuente leer y escuchar "me han decepcionado" en lugar de "estoy decepcionada"; esto implica que aquello que me decepciona se sitúa fuera de mí, es decir, que la decepción sentida es el fruto de que se han incumplido las expectativas que yo tenía. Estas expectativas frustradas me provocan sorpresa, rabia y tristeza porque el mundo que había creado desde un juicio emitido desde mis propias necesidades y deseos ha desaparecido y tengo que reestructurarlo. Me decepciono porque no he contemplado la posibilidad de que el comportamiento de alguien o unas circunstancias determinadas sean distintas respecto a lo que yo creo que "debería ser" o lo que "yo quiero que sea".

Otro sentimiento en juego en estos casos es la confianza. Necesitamos confiar en las personas, necesitamos saber que puedo contar con un orden y una estabilidad dentro del caos que es a veces la vida, pero el que alguien busque quién es no significa que deje de ser confiable. Nos asombramos al ver cómo una persona que conocemos de toda la vida hace algo insólito, muy alejado de su línea habitual de comportamiento, sin caer en la cuenta de que esos cambios explosivos y radicales suelen ser fruto de mucho tiempo ahogando las necesidades propias frente a las de los demás, de tratar de encajar en un sitio al que no se pertenece ni se debe pertenecer.

Evidentemente, en nuestra profesión o puestos de responsabilidad tenemos unas obligaciones que necesitamos cumplir, estamos expuestos a lo que se espera de cada uno de nosotros y esa exigencia implícita nos hace mejorar y superarnos; si llamo a un técnico espero que me solucione la avería de forma rápida y eficaz, si compro un producto espero que esté en óptimas condiciones de uso, así como espero que a mí se me exija en mi labor. Eso es lógico y legítimo. Sin embargo, demasiado a menudo hay personas que sienten un exceso de responsabilidad personal respecto a otras o a su forma de comportarse (porque es la hermana mayor, porque es muy maduro para su edad, porque nunca ha dicho o hecho algo fuera de tono, porque ya no tiene edad para eso...) que no les corresponde realmente, o no responde a lo que de verdad desean, sino a lo que se espera desde fuera de ellas.

Nos pasamos la vida mirándonos en el espejo de los otros y pocas veces nos damos cuenta que ese espejo va perdiendo azogue con el tiempo y muestra una realidad deformada, un yo que ya no existe y que necesita evolucionar. Muchos de quienes nos rodean se acostumbran a que estemos siempre para ellos, de la misma manera y bajo cualquier circunstancia, independientemente de nuestra situación y necesidades de cada etapa vital. En estos casos la asertividad y la empatía juegan un papel muy importante a la hora de comunicar nuestras emociones, sentimientos y pensamientos.

Cuando empiezas a cuidarte a ti mismo en primer lugar en vez de a los demás, quien sólo te quiere con condiciones (que estés para ellos, hagas cosas por ellos, des explicaciones por todo lo que haces y dices...) desaparece. Y eso está bien, aunque resulte triste, porque dejas espacio para que llegue quien quiera estar a tu lado por ti. Si tienes que hacer y decir para que te quieran y no por quién eres, entonces cuanto más lejos estés de esas personas, mejor.

Que no te importe decepcionar a quien te quiere encerrado en sus creencias y su visión única del mundo, pero no te decepciones a ti, no abandones tus proyectos, tus ilusiones, tus cambios naturales de piel porque a los demás les parezca mal. Libérate de la piel muerta que no te deja avanzar, respira hondo y ponte en marcha cuanto antes, no te avergüences de buscar tu camino, ocupa tu lugar y construye tu vida. 

Si me necesitas para esta o cualquier otra cuestión que te preocupe, ya sabes que estoy en liberapsi@gmail.com

Los palacios de la memoria



A través del correo me llegan preguntas por temas concretos o cuestiones que os interesan especialmente, y en ocasiones, muchas de ellas coinciden en algo tan curioso como inesperado; eso ha sucedido con los palacios de la memoria, un recurso utilizado en series como "Hanníbal" o "Sherlock", que os ha llamado la atención y os gustaría utilizar.  
¿Qué es un palacio de la memoria?
Se trata de una técnica de memorización a largo plazo y aunque se basa en un método antiguo (método loci , "lugares") no es muy conocida. En ella se trabaja la memoria espacial en la que se visualizan y recuerdan lugares relacionados con distintos objetos cargados de información. Es una técnica algo complicada que requiere de un manejo fluido de técnicas de memorización y visualización, pero muy útil e interesante ya que permite memorizar y recordar desde información organizada de forma jerárquica o categorizada (en la que una idea lleva a otra y a otra), acontecimientos históricos, secuencias de datos, series de números o listas de cualquier tipo hasta las tareas cotidianas más básicas de nuestra agenda. 
Un palacio de la memoria es un lugar imaginario, normalmente construido a partir de de un lugar real, que conocemos a la perfección en cada uno de sus detalles. En este lugar mental introducimos información y la distribuimos por diferentes habitaciones.
Para introducir la información en el palacio hay que convertirla primero en una imagen con fuerza para poder recordarla fácilmente, como son todas aquellas que nos provocan una fuerte reacción emocional, y enlazarla después con el recorrido del palacio de manera personal, es decir, que nos resulte significativa a nosotros.

COnstruyendo el palacio
Es habitual que empecemos a construir nuestro palacio con habitaciones grandiosas y repletas de mil objetos, pues si cada objeto o punto de referencia es un dato a memorizar, cuantos más objetos adornen la estancia, más cosas podremos memorizar. En realidad esto no es muy recomendable, al menos al principio es mejor tener pocos objetos relacionados en cada estancia porque de esta manera evitamos la aglomeración y la lógica confusión que generaría. 
La idea es tener una visión clara que nos ayude a recordar, por eso, inicialmente nuestros palacios deberían ser:

- Construcciones sencillas y con espacios amplios. 


- Las estancias deben tener elementos diferenciados entre sí (que no sean todas iguales en su distribución, color de las paredes, suelo, objetos...) y ser monotemáticas, es decir, que todos los 
objetos allí representados guarden relación con un mismo tema. 
Es buena idea que al entrar a la habitación utilicemos elementos representativos de lo que queremos recordar. Por ejemplo si se trata de un temario de literatura podemos visualizar tallada o pintada en la puerta de la estancia una pluma o un libro. 

- Debe permitirnos recorrerlo con facilidad y rápidamente. Memorizar el recorrido mentalmente andando es un requisito previo para conocerlo a la perfección y evitar posteriores bloqueos, además, debemos hacerlo siempre siguiendo la misma ruta y en la misma dirección y sentido. 
Cuanto más lineal o circular sea nuestro palacio más fácil resultará recordarlo. Los recorridos en zig zag, habitaciones con muchos recovecos o muy alejadas entre sí dificultan el recuerdo. Trabajar a diferentes alturas, por ejemplo para recordar categorías, sí es una buena idea pero sin abusar, ya que tendríamos que subir y bajar o incluso volver sobre nuestros pasos en determinados momentos. 

- Para borrar los objetos del palacio y volver a utilizarlo un método muy eficaz es recorrer varias veces el palacio visualizándolo con las estancias vacías. 


Como podéis ver, además del halo misterioso del que se ha procurado al palacio mental desde la literatura, la televisión o el cine, se trata de una técnica muy interesante que nos permite recordar mucha información, muy variada y a largo plazo. No existen límites más allá de nuestra imaginación a la hora de relacionar lugares y objetos, podemos crear tantos palacios como queramos o utilizar el mismo variando objetos e imágenes a nuestro antojo.

Nuestro maravilloso cerebro está en constante cambio y cuanto más lo entrenamos, cuanto más trabajamos con él, más conexiones neuronales crea aumentando su capacidad y rapidez, y más y mejor prevenimos el deterioro cognitivo propio del avance de la edad. Cuando trabajamos la memoria potenciamos nuestra capacidad de adquirir conocimientos nuevos y más nos reconocemos en nosotros mismos, porque a fin de cuentas somos memoria.

Si te interesa saber más sobre ésta u otras técnicas de memorización estoy en liberapsi@gmail.com

Desayunos de domingo



Hay placeres tan sencillos como exquisitos; uno de ellos es disfrutar el desayuno del domingo sin prisas, leyendo con tranquilidad los suplementos de la prensa o el libro que lleva llamándonos toda la semana, lecturas que necesitan más tiempo para ser saboreadas o para reflexionar.

Por eso te propongo que compartamos juntos algunos de estos desayunos: escríbeme ahora a liberapsi@gmail.com y te enviaré, de forma gratuita, el primer y tercer domingo de cada mes a primera hora de la mañana, un monográfico con temas sobre Psicologia, Filosofía, Neurociencias y Antropología tratados de manera más amplia y personal, dirigidos a la orientación y el crecimiento personal.

¿Te apetece? Empezamos el próximo 3 de diciembre.




¿Cuál es mi vocación?



Muchos de nosotros tenemos en nuestro interior preguntas que nos acompañan buena parte de nuestro trayecto vital: ¿Cuál es el sueño de mi vida? ¿Qué he venido a hacer a este mundo? ¿Cuál es mi misión?

Si eres adolescente o muy joven aún puede que todavía no te preocupe demasiado, pero si te encuentras entre los 30 y los 50 años y aún no has descubierto tu vocación, es posible que te lo reproches continuamente y te compares con quien se supone que la ha encontrado.
Hay veces en que la aventura más apasionante de la vida, que es la de descubrirnos, se convierte en una obsesión que no deja vivir en paz y alegría, debido a unas ideas preconcebidas que nos limitan y nos acaban frustrando. 

En general estas ideas son: que tenemos una sola vocación o profesión ideal que desempeñaremos toda nuestra vida, que la vocación surge de pronto como una inspiración y a edades muy tempranas, y que ha de ser una misión grandiosa, pero no siempre es así:

- La misión de tu vida no tiene por qué ser única y la misma a lo largo de tu vida. La esencia de la vida es el cambio y lo que en un momento supuso una pasión o el motivo de tu alegría y esfuerzo no tienen por qué serlo en otro. Muchas circunstancias por las que pasamos a lo largo de los años pueden hacer que cambiemos nuestras prioridades, valores, formas de entender y entendernos.
Es cierto que para lograr la excelencia en cualquier ámbito son necesarios tiempo y dedicación, pero no olvides que cambiar de rumbo es lícito y hasta necesario en muchas ocasiones. Persistir en un sólo camino que ya no nos interesa no es ni útil ni motivador. Lo primero es que aclares cuales son tus prioridades actuales, tus valores personales y ponte en marcha.

- Si no encuentras tu vocación en la adolescencia o primera juventud no estás desperdiciando tu vida. Estos primeros años son de búsqueda, experimentación, la época de las equivocaciones incluso... si encuentras tu vocación y la desarrollas en estos años dispones de una enorme ventaja, si no, dedícate a adquirir habilidades personales que te ayuden en cualquier ámbito y trabajo posibles: (constancia, tolerancia a la frustración, disciplina, habilidades interpersonales y de relación), aprende a expresarte por escrito y a hablar en público con soltura y correcciónaprende idiomas, conoce gente, vive experiencias... todo eso te resultará muy útil y necesario en cualquier futuro en que te halles y tengas la edad que tengas.
Y nunca es tarde para encontrar nuestra vocación. Hay muchísimos ejemplos de grandes personalidades que empezaron a brillar en la madurez.

- La vocación no aparece por inspiración sino con la práctica. No surge primero la idea y después la ponemos en práctica, más bien sucede al contrario. Haciendo cosas descubrimos nuestras pasiones y fortalezas, descubrimos en qué somos buenos y cómo hacernos cada vez mejores. A veces descubrimos que lo que creíamos nuestra pasión no lo es tanto, pero se nos cruza algo inesperado en el camino que nos encanta y que encaja perfectamente con nosotros y nuestros valores.
Por eso, no inviertas demasiado tiempo en pensar y haz. Como decía el poeta, "no hay camino, se hace camino al andar".

- La vocación no tiene por qué ser fastuosa. Cualquier actividad que realicemos está dejando huella en el mundo lo creamos o no. Cualquier cosa que hagamos, si nos lo proponemos y la hacemos con entusiasmo (ya lo reconocían los griegos en la raíz etimológica de esta palabra: entheos "en lo divino") puede hacer más fácil o agradable la vida de otras personas.
Un jardinero que planta esquejes nuevos, un fontanero que desatasca una tubería en nuestra casa, un artesano que moldea un objeto útil y a la vez hermoso, el compositor que nos inspira con su música...
Todo eso son "dones", talentos que ayudan a que el mundo sea mejor; descubre con tranquilidad y alegría los tuyos y no te oscurezcas creyendo que sólo los que ganan muchísimo dinero, tienen trabajos deslumbrantes o son mundialmente conocidos pueden inspirar a otros.

No te obsesiones con descubrir tu vocación a los 15 o a los 50 años, si tienes una o varias, si has cambiado de rumbo mil veces; lo importante es realizar tu trabajo con pasión, dándole valor a lo que haces, disfrutando cada momento del descubrimiento y el aprendizaje.

Y si me necesitas, ya sabes que estoy en liberapsi@gmail.com









Ilumíname, no me deslumbres



Inmersos como estamos en la novedad continua, en el tener que estar a la última entre tanta oferta distinta, a menudo nos encontramos con artilugios, teorías, artículos, personas... que pretenden causar un efecto inmediato en el observador.

El mensaje que se transmite no importa tanto como la forma de presentarlo y cuanto más impacto cause ésta, mejor.
Es como si vas conduciendo por una carretera oscura y de repente te encuentras un conductor de frente con las luces largas puestas. Esa luz más que dejarte ver, te ciega por momentos, te paraliza o desestabiliza un segundo hasta que recuperas la visión normal y continúas la marcha.

De la misma manera, lo que deslumbra impacta en el momento, ofusca la visión por el exceso de luz, pero no perdura, se desvanece casi en el mismo instante de ser producido, depende de la apariencia más que de la esencia, no hace pensar o razonar, no influye realmente, no propicia el análisis profundo, el buscar otra perspectiva o cuestionar la existente. Y es por esto que necesitamos la novedad continua. Lo superfluo caduca rápido y necesita constantes recambios que garanticen una presencia perenne para no sucumbir al olvido.

Lo que ilumina, por el contrario, deja ver todo alrededor, hasta las sombras que produce, transforma lo complicado en sencillo (no hay nada más difícil de conseguir que la sencillez), nos hace reflexionar, analizar, enciende la chispa que hay en nosotros y nos impulsa a aprender y a mejorar.
Vuelves a la lectura de ese libro, al mensaje de esa película, a las enseñanzas de esa persona... lo que ilumina obtiene un "éxito" quizá más lento o sutil, pero permanece y su mensaje se enriquece con el tiempo.


Cuéntame tus pensamientos sobre ésta y otras cuestiones en liberapsi@gmail.com